La vocación como motor económico

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Para el mundo empresarial, el único sentido de la vida humana parece ser el de ser productivo para la economía nacional. Es en verdad una certeza chocante, porque se podría alegar que tan valioso es ese esfuerzo económico y laboral como lo podría ser el alcanzar algún grado de plenitud personal, de satisfacción y hasta de placer. La hondura de nuestro propósito en la vida me temo que acaba por ser responsabilidad de cada uno y, por ello, cada individuo terminará por escuchar el llamado que le sea más beneficioso a sus ambiciones. Sin embargo, la inversión del Estado en esos logros sí acepta una discusión más general, casi ontológica. Y ya que ha abierto el melón en semanas pasadas el jefe de la patronal de empresarios, quizá sea bueno detenerse sobre ello. Las declaraciones de Joan Rosell las conocen ya todos los lectores. Vino a decir que era absurdo que el Estado invirtiera en incentivar los estudios de Filología Etrusca porque lo necesario era incentivar estudios para jóvenes con vistas a colocarlos en puestos de trabajo con reclamo. Utilizó el desprecio a la Filología Etrusca como una broma, una manera de hablar, y sería bobo culparle por ello. A menudo nos referimos a la papiroflexia o la numismática con el mismo grado de mofa, por ser disciplinas que al no practicarlas nos parecen gozosas, pero poco útiles para el desarrollo colectivo.

Más allá de la expresión, lo que hay es un grado extremo de menosprecio de los conocimientos académicos. En particular aquellos referidos a las Letras y Humanidades. No parece que para los empresarios tenga ningún sentido que de las universidades españolas salgan filólogos, filósofos, historiadores del arte o arqueólogos. Pero hay que tener cuidado porque, si lo único que nos importa es la productividad y la capacidad de colocarse en el mercado laboral, puede que acabemos demandando estudios para camareros, limpiador de hotel y prostituta, que son los que tienen más salida, sobre todo en enclaves estratégicos del sector turístico, sin duda el sector económico más potente de nuestro país. La idea de que las personas deben ser productivas para el país me gusta. Me parece que encierra un patriotismo capitalista muy de nuestros días y despreciarla sin más sería miope. Cada esfuerzo de un ciudadano contribuye a la riqueza del país. Así que nada que objetar a ese reclamo empresarial para cubrir vacantes laborales. Otro matiz cabría si hablamos de la formación espiritual e intelectual de las personas, donde lo útil, lo rentable y lo productivo quizá palidezcan frente al conocimiento, la pasión y la curiosidad, rasgos de una personalidad rica.

Reclamar que la Administración no incentive los estudios de Filología Etrusca da clara muestra de un detalle algo grave: la ignorancia. ¿En qué lugar está escrito que una rama de profunda intelectualidad no sea productiva para el país? Hace mal un jefe de empresarios en despreciar un modelo de negocio que puede resultar muy rentable. Bastaría con aclararle los ingresos que rentan al país numerosos museos que dan cuenta del valor artístico de civilizaciones pasadas. Que le pregunten a los vecinos del valle de Atapuerca o a mis paisanos cántabros de Altamira si los hallazgos y el estudio de lances humanos tan remotos no han significado una inyección de dinero contante y sonante. Ya que nos ponemos a hablar solo de la grandeza del euro ingresado, justo sería que se tuviera esta magnitud en cuenta.

Y aún me queda añadir un pequeño destello que quizá alumbre la ignorancia de nuestros líderes económicos. Si conocieran por ejemplo quién es Mary Beard, sabrían que esta profesora de literatura antigua es una máquina de ingresar dinero para las arcas británicas. Solo con su último libro ha recaudado varios millones de euros en derechos editoriales pagados por países de todo el mundo. Además, una serie de televisión ha multiplicado esos ingresos externos para el erario británico en cifras relevantes. Si solo importa la pela, como se decía antes, conviene ser prudente: puede que España gane más gracias a alguien incentivado en la Filología Etrusca que con docenas de miles de tarugos que estudiaron sin convicción ni pasión disciplinas supuestamente llamadas a ser el futuro laboral. Si además nos preocupara la formación intelectual de los ciudadanos, ya no te cuento.