El político del futuro

PALABRERÍA

Pajita. Desde muy niño iba a la contra. Primero fue una defensa; después, un hábito; más tarde, una convicción; al final, una manera de estar en el mundo y lucrarse. Cuando comenzó a dar los primeros pasos, la madre lo cogía de la mano derecha y él se movía a su alrededor torpemente, sujetándose en las piernas de ella, hasta la izquierda. Le daban una cuchara para comer la sopa y él la cambiaba por el tenedor, exasperando a la familia por la lentitud y complejidad del acto. Agotado por la operación, buscaba una pajita para demostrar la negativa absoluta a la opción original.


Chorizo. Sus padres nunca supieron por qué pudiendo elegir la cara siempre prefería la cruz. En la familia no había antecedentes de opositores estables ni la madre sufrió ningún percance durante el embarazo. Solo recordaba una crisis pasajera al quinto mes de preñez: ante una tarta de nata como fin de fiesta de una comida pantagruélica, prefirió un bocadillo con chorizo, lo que provocó comentarios perplejos y preocupados de los comensales por aquel remate que era un principio. ¿Era suficiente ese enfrentamiento de contrarios para determinar el comportamiento futuro de un hijo? Algunas veces, de forma íntima, ella se contestaba que sí.


Ambidextro. Ya adolescente, una mañana sustituyó el pantalón por la camiseta y se sintió tan ridículo en el instituto, y fue tan cómico el modo patoso de caminar y las repetidas caídas, que renunció para siempre al vestuario al revés. Aprendió que debía ir en contra de los demás, no de sí mismo, aunque era difícil discernir los límites del yo y el vosotros, pues a veces se rozaban, tocaban o chocaban. Entendió que habiendo nacido diestro no tenía que haberse obligado a ser zurdo, aunque lo positivo del forzado era que había logrado ser un ambidextro competente. Al comprender que no debía ir contra sí mismo cambió de perspectiva y pudo ser un estudiante aplicado, porque según la filosofía anterior tocaba ser un gimnasta brillante y un inepto con las matemáticas. No seguía la moda (¡nunca!), pero al fin pudo tener una cierta coherencia capilar -qué difícil y peligroso fue ir rapado en tiempo de melenas- y dejar de adquirir la ropa en los mercadillos de segunda mano para oponerse a los escaparates de las tiendas de temporada.


Chaquetero. Estudió Derecho con la intención clara de dedicarse a la política. Durante la carrera se destapó como orador notable porque podía defender una idea y la contraria con igual convicción y conocimiento. Enseguida entró en un partido político, donde se impulsó desde las juventudes hasta los puestos destacados de la dirección. Pasó de promesa a Prometeo, dispuesto a robar el fuego pero solo en beneficio propio. Sus superiores alababan la elasticidad, la facilidad de adaptarse. Se lo consideró un modelo de político joven al que no le apretaban las viejas costuras. Por supuesto, los traicionó cuando desde otro partido, de ideología contraria, lo convirtieron en candidato a alcalde de una ciudad mediana de la que ni siquiera era vecino. Salió elegido porque prometió, con la habitual incoherencia, una cosa y la opuesta. Y todavía prosperó más cuando un partido recién constituido -de esos que llamaron, con incongruencia, ‘de la nueva política’- lo aupó como diputado estrella. Cambió de bando por tercera vez sin sentirse incómodo ni traidor ni chaquetero.


Renovable. Aunque aún estaba muy lejos de llegar, se soñó presidente de la nación. Se sentía el político perfecto: era de derechas pero podía ser también de izquierdas, estaba a favor de las energías renovables pero también de las sucias, defendía un Estado laico pero con una religión preferente, apoyaba a la banca pero tenía debilidad por los desahuciados por los banqueros. Se entendía con todos y todos lo entendían. Era el hombre del futuro. Era el hombre que necesitaba el futuro.