Un fotógrafo kurdo de la prestigiosa agencia VII acompañó durante meses a los soldados de una unidad de las fuerzas especiales iraquíes para documentar su lucha contra el Estado Islámico. Y de un día para otro se convirtió en testigo de violaciones, torturas y asesinatos selectivos. El Ministerio del Interior iraquí niega los hechos, pero Arkady tiene pruebas. Aquí están algunas. Por Alí Arkady

Comencé mi proyecto en octubre del año pasado. Quería acompañar a dos soldados de la ERD, la División de Respuesta de Emergencia, un cuerpo a las órdenes del Ministerio del Interior iraquí, y documentar su lucha contra el Estado Islámico. Al menos, ese era el plan.

Había conocido a dos miembros de la unidad el verano anterior, durante la liberación de la ciudad de Faluya. Volví a encontrarme con ellos en otoño, cuando se puso en marcha la liberación de Mosul. eran el capitán Omar Nazar, suní, y Haider Alí, un suboficial chií. Sobre el papel, deberían ser enemigos irreconciliables. En realidad eran colegas, camaradas que cuidan uno del otro en el campo de batalla. Los acompañé y grabé durante días. Así es como surgió la idea de convertirlos en protagonistas de un documental: la cinta debería demostrar que suníes y chiíes iraquíes podían colaborar hombro con hombro en la lucha contra el Estado Islámico.

Creé un perfil en Facebook, lo llamé Happy Baghdad. Luego colgué un vídeo de ellos dos, de un par de minutos, titulado Libertadores, no destructores. Encontró un eco sorprendente: tuvo 345.815 visitas y recibió multitud de comentarios. «Estoy en el buen camino», pensé. Ambos estuvieron de acuerdo en ser los «héroes» de mi película.

Fuera de control

El cuerpo al que pertenecen Omar y Haider, la ERD, tuvo unos orígenes discretos. Pero en el verano de 2014, cuando todo Irak se vio de golpe envuelto en la guerra contra ISIS, el número de sus efectivos empezó a crecer. El cuerpo se articula en tres grupos: reconocimiento, francotiradores y unidades de combate. El capitán Omar dirige la unidad de combate en la que está integrado como suboficial Haider.

Estas unidades realizan incursiones y operaciones de comando nocturnas. El entrenamiento necesario lo han recibido básicamente de instructores norteamericanos.

Con cada batalla ganada crecía la confianza que mostraban mis protagonistas. El 22 de octubre, los hombres de Omar regresaron a la base en Kayara, el sur de Mosul, con dos jóvenes prisioneros, presuntamente colaboradores del Estado Islámico. Poco después los soldados me contaron que, al cabo de tres días de torturas, los prisioneros confesaron ser miembros del Estado Islámico. Y una semana más tarde los ejecutaron.

A partir de ese momento, mi proyecto ya no fue el mismo. Mis ‘héroes’ hacían cosas que nunca hubiese creído posibles. Al principio solo me dejaban mirar mientras las hacían, más tarde no pondrían trabas a que los grabara.

Volví unos días a casa; Omar y Haider también tenían dos semanas de permiso. Quedamos en reunirnos en el nuevo cuartel general del cuerpo, junto a Hamam al-Alil, cerca de Mosul. Llegué antes que ellos, el 11 de noviembre. Tuve ocasión de conocer a otros oficiales y seguí descubriendo cosas, más de lo que me habría gustado saber: torturas, violaciones, pero también ejecuciones de personas contra las que solo había vagas sospechas. O ni siquiera eso.

En aquellos días, los soldados acababan de recuperar el pueblo de Kabr al-Abd. El capitán Thamer al-Duri, responsable de los servicios de reconocimiento, dirigía las operaciones. Estuve presente cuando una noche sus hombres detuvieron a varios sospechosos; entre ellos, a Raad Hindiya, el encargado de vigilar y limpiar la mezquita del pueblo. Un informante lo había acusado de ser un hombre del Estado Islámico.

Aquella vez, solo se lo llevaron para golpearlo e interrogarle durante un par de horas. Pero el capitán Al-Duri me dijo que lo volvería a detener al cabo de unos días y que entonces lo ejecutarían. El 22 de noviembre, una decena de hombres, todos ellos equipados con dispositivos de visión nocturna, salieron de misión. Las tropas estadounidenses en la zona estaban informadas, incluso siguieron la incursión nocturna con un dron.

Cuando lo detuvieron, Raad Hindiya dormía con su familia en una habitación. Los soldados lo llevaron ante el capitán Omar Nazar, mi protagonista, y lo torturaron durante horas antes de trasladarlo al cuartel general de los servicios de información a la mañana siguiente. Allí fue torturado durante una semana entera. Finalmente fue ejecutado junto con otros sospechosos de pertenecer a ISIS. Así me lo contó más tarde el propio capitán Al-Duri.

“Rashid era inocente, pero su hermano mayor se había unido a ISIS. Aquello fue la perdición de Rashid. Murió después de tres días de torturas. Vi su cadáver”

Aquella misma noche detuvieron también a un joven llamado Rashid, totalmente inocente según afirmaron después las unidades de información del Ejército iraquí. Sin embargo, su hermano mayor sí que se había unido al Estado Islámico, al igual que su esposa. Aquello fue la perdición de Rashid. Murió después de tres días de torturas, vi su cadáver en el cuartel de los servicios de información de la ERD.

¿Por qué me dejarán grabar?

Y entonces comenzó la verdadera pesadilla. La localidad de Hamam al-Alil fue liberada y muchos de los que habían huido del Estado Islámico volvieron a sus casas. Unidades de la ERD arrestaron a gran cantidad de hombres y jóvenes, oficialmente solo para comprobar si entre ellos había miembros del Estado Islámico. Dos de los detenidos eran un padre y su hijo de 16 años; los soldados los llevaron al cuartel general.

fuerzas especiales iraquies contra estado islamico, violaciones y torturas, xlsemanal

A Mahdi Mahmoud lo detuvieron con su hijo de 16 años. Lo colgaron del techo con los brazos estirados a la espalda y empezaron a golpearlo. Su hijo estaba al lado, podía oír los gritos de su padre

A Mahdi Mahmoud, el padre, lo colgaron del techo con los brazos estirados a la espalda, le pusieron unas botellas de agua como lastre y empezaron a golpearlo. Su hijo estaba al lado, podía oír perfectamente los gritos de su padre. Yo también me encontraba presente, grabando.

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Tras los golpes, a Mahdi le aplicaron electricidad. Pero lo peor estaba por llegar. Luego empezaron a golpear a su hijo delante de él. Acabarían matando al chico

Nadie me lo impidió. Luego empezaron a golpear al chico a la vista de su padre. Más tarde mataron al adolescente.

Veía que la situación cada vez estaba más fuera de control. Me preguntaba. «¿Dónde te estás metiendo, Alí? ¿Por qué te estarán dejando grabar cómo torturan a la gente?». Era evidente que para ellos la violencia se había convertido en una rutina, en algo normal.

“Le clavaban repetidamente el cuchillo detrás de la oreja. Una técnica que habían aprendido de los americanos, se jactaban”

Al mismo tiempo, me decía. «¡Tienes que grabar todo esto! Tienes que documentar lo que hacen, probar que se están cometiendo crímenes de guerra». En la zona había reporteros extranjeros, pero solo salían de día, por la tarde siempre volvían a la seguridad de Erbil, en territorio kurdo. Por la noche, me quedaba yo solo con las tropas del Ministerio del Interior.

A mediados de diciembre nos trasladamos a la otra orilla del Tigris, a una nueva base en Bazwaia, en el extrarradio oriental de Mosul. Allí detuvieron a dos jóvenes hermanos, Laith y Ahmed. Los soldados empezaron a maltratarlos a los dos, primero con golpes, luego se pusieron a clavarle un cuchillo a Ahmed repetidamente detrás de la oreja. Era una técnica que habían aprendido de los expertos norteamericanos, algo de lo que se jactaba uno de los soldados.

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En Mosul detuvieron a dos hermanos, Laith y Ahmed. El fotógrafo Arkady vio como los golpearon y les clavaron cuchillos. Después, los torturaron hasta la muerte

A la mañana siguiente, un soldado me contó que los habían torturado a los dos hasta la muerte, y me enseñó un vídeo de sus cadáveres, incluso me lo mandó luego por WhatsApp.

El 16 de diciembre llegaron a Bazwaia los dos hombres que quería que hubiesen protagonizado mi documental. el capitán Omar Nazar y el suboficial Haider Alí, el suní y el chií. Aquella misma noche continuaron los arrestos de sospechosos.

Uno de ellos se llamaba Fathi Ahmed Saleh. Lo arrastraron fuera de la habitación en la que estaba durmiendo con su mujer y sus tres hijos. El suboficial Haider Alí entró en la habitación diciendo que iba a violar a la mujer. Cinco minutos más tarde salió de la habitación. La mujer estaba llorando. El capitán Omar Nazar le preguntó que qué había hecho. «Nada -respondió Haider Alí-, está con la regla».

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Fathi Ahmed Saleh dormía con su mujer y sus tres hijos cuando lo detuvieron. Un suboficial dijo que iba a violar a la mujer. Cuando salió, aseguró que no había hecho nada. «Está con la regla». La mujer lloraba con su hijo pequeño en brazos

Entré en la habitación y grabé a la mujer, sentada en el suelo con su hijo más pequeño en brazos. Se me quedó mirando. Seguí grabando sin pensar en nada. Mientras yo grababa, los soldados desvalijaron la casa.

El último detenido aquella noche fue un joven integrante de Al-Hashd, las Fuerzas de Movilización Popular, que también combaten contra el Estado Islámico. Lo llevaron al edificio donde se encontraba Omar Nazar y allí fue violado por uno de sus hombres. Aquellos soldados se habían enfrentado a combates muy duros. Creían que todo les estaba permitido. Asesinatos, violaciones, todo era halal, ‘legítimo’. Al poco de regresar de su incursión nocturna, el cuartel general preguntó por radio que qué habían hecho. El capitán Omar contestó: «Oh, de todo. Les hemos dado a sus mujeres, hemos saqueado las casas…». La respuesta fue: «OK, haced lo que hay que hacer». Los mandos lo sabían todo.

No hay salida posible

Aquellos fueron mis últimos días con la ERD. Ya no lo soportaba más. Filmaba lo que ocurría, luego pensaba: «Podría ser mi mujer, mi hija». Una noche, el capitán Omar y otro soldado estaban golpeando a varios prisioneros y me animaron a participar.

“Una noche me animaron a participar. ‘Vamos, pega tu también’. Tenía miedo. Y le di una bofetada al prisionero”

Tenía miedo. Era un kurdo que estaba trabajando para una agencia fotográfica estadounidense. Ellos eran cuatro, iban armados. No dejaban de insistirme: «Vamos, pega tú también». Y le di una bofetada a uno de los prisioneros. No demasiado fuerte, pero tampoco demasiado flojo. Fue algo terrible, y lo último que hice antes de irme de allí.

Dije que mi hija se había puesto muy enferma, que tenía que volver enseguida a casa. Fui a Khanaquin, mi ciudad, al noroeste de Irak, pero solo durante unos pocos días, los suficientes para poner a mi familia a salvo y salir de Irak. De mi país… Pero tenía claro que mi vida, nuestra vida, estaría en peligro en cuanto publicase las pruebas de los crímenes de guerra que había presenciado.
Ahora entiendo perfectamente por qué el Estado Islámico lo tuvo tan fácil para hacerse con Mosul y otras zonas suníes. La gente que vivía allí tenía miedo de no poder sobrevivir sin protección armada. Eso sí, su situación con el Estado Islámico acabó siendo mucho peor.

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Hombres de las Unidades especiales del Ministerio del Interior que luchan contra el ISIS, cuyos métodos están en entredicho con la denuncia de Arkady

Ahora vivo en el extranjero. Por motivos de seguridad prefiero no decir exactamente dónde. De vez en cuando me pregunto qué pensarán de mí Omar y Haider. A fin de cuentas, la verdad es que nunca falté a un compromiso, nunca grabé nada a escondidas.

Todos me vieron grabar y fotografiar durante horas sus maltratos. Incluso algunos me mandaron vídeos de sus asesinatos cuando se lo pedí. Habían perdido toda medida de lo que era correcto y lo que no. La idea original había sido acompañar a mis dos protagonistas en los duros combates por la liberación de Mosul como último capítulo de nuestra historia compartida. Eso ya nunca ocurrirá. Quería presentarlos como héroes. Eso tampoco ocurrirá.

Testigo de cargo

fuerzas especiales iraquies contra estado islamico, violaciones y torturas, xlsemanal

Una de las torturas que fotografió Arkady. «La situación estaba fuera de control. Me preguntaba: ‘ ¿Dónde te estás metiendo, Alí? ¿Por qué te estarán dejando grabar cómo torturan?’ Era evidente que para ellos la violencia se había convertido en una rutina, en algo normal».